Roberto Godofredo Cristophersen Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt,
prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua
italiana. El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art
nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha
había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde
transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia. La necesidad lo haría pintor de brocha gorda,
ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de
la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días. Un
matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar
la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un
eco notable en su obra literaria.
La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que
agitaron la vanguardia porteña de los años veinte. Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales
o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. Aunque mantuvo relaciones con los
escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El
juguete rabioso, y colaboró en la revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas,
representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que parecían detentar los derechos a
la tradición literaria y a la renovación. Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus
deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran exclusivamente leídos por correctos
miembros de su propia familia. En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando:
con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con los problemas del
hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad de contribuir a
la transformación de la sociedad.
Pero tampoco era ése su lugar. Las empresas colectivas no parecían interesarle, ni siquiera cuando iban
encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los desheredados. Las razones de su acusado
individualismo pueden encontrarse en sus experiencias personales, que determinaron en alguna medida la
visión negativa de la institución familiar y de la mujer que ofrecen sus personajes, su temor de la miseria,
la fascinación ante quienes mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio social
hostil. El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese material autobiográfico, y descubría vidas
difíciles en un Buenos Aires hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete locos (1929)
y Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico que la convertía
en una reflexión sobre la sociedad argentina e incluso sobre la condición humana. Los apodos simbólicos
de algunos miembros de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los prostíbulos y
destinada a provocar una conflagración universal, son el indicio más evidente de la condición expresionista
de esos relatos, que convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los perfiles
de un mundo que se desmorona. La voz burlona o cínica del narrador se encarga de parodiar ese drama
hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien conoce la falsedad de los valores, la
inutilidad de los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible
del fin. De paso, es posible percibir las consecuencias de una modernidad tecnológica tan fascinante como
amenazadora, de unas prácticas revolucionarias tan esperanzadoras como grotescas, de la alineación social
y psicológica que padece el hombre contemporáneo. La única salida (falsa también) se concreta en la
transgresión, en la degradación que permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos
permite la certeza de existir en el mal. En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada,
Arlt insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía
permite evadirse de una existencia gris.
Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba por indagar en territorios de imaginación que
a veces parecían rondar la literatura fantástica. Curiosamente, estos relatos que completan su obra narrativa
recuerdan sus principios: responden a los gustos declarados en El juguete rabioso por Silvio Astier,
cuando a la edad de catorce años se abandonaba a los deleites de la literatura bandoleresca y anhelaba
inmortalizarse como un delincuente de alta escuela. Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como una
búsqueda de salida o de sublimación personal por medio de los sueños o la literatura, o eso es lo que indica
su producción teatral, también relevante. Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el
Teatro del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado, esa producción se inicia con 300
millones, obra representada en julio de ese mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta. Arlt
abordaba allí el análisis de las razones que llevan a una muchacha a suicidarse, y para ello recurría a la
concreción teatral de las fantasías que la habían ayudado a sobrevivir por algún tiempo: en escena aparecen
Rocambole, la Reina Bizantina, el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno a
cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista que sus narraciones alguna vez
habían conseguido. Por otra parte, esa corporización de los sueños permitía entrever la capacidad de las
ficciones para subsistir por sí mismas. Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas, piezas estrenadas
en 1836, le permitirían mostrar con precisión las relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria. Si
300 millones hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando las
frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio vida a los que atormentaban
a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la
imaginación y de los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de revelar las
dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego entre la imaginación y la realidad convertía
al autor y a sus personajes en una sucesión de máscaras sin identidad precisa. En esa idea insistiría Saverio
el cruel, apelando al recurso pirandelliano del teatro dentro del teatro para conjugar una broma canallesca
con la reflexión sobre la farsa de las relaciones y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del
poder, hasta dar al conjunto una dimensión trágica.
Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. A esas obras
hay que sumar Prueba de amor, «boceto teatral irrepresentable ante personas honestas» que se editó en
1932, las «burlerías» La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible publicadas en 1934, y El
desierto entra en la ciudad, una farsa dramática que Arlt concluyó poco antes de morir en Buenos Aires,
el 26 de julio de 1942. De esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en la vanguardia
teatral argentina, merece especial atención África, cuyos cinco actos van precedidos de un exordio en el
que Baba el Ciego, un «jefe de conversación», declara su intención de narrar las historias que luego
conforman la obra. África se propone así como una ficción dramática que a su vez genera otras, y afirma
su relación con la práctica oral del relato que Arlt había observado en el norte de África y que también
inspiró los cuentos de El criador de gorilas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario